Morelia se viste de amarillo

Deslumbrados por tanta cultura y color, continuamos hacia nuestro siguiente destino, uno que guardaba los orígenes del fenómeno cultural más extraordinario de México. Nuestro ride en Blablacar una vez más, superó nuestras expectativas. Nayeli, una chica joven de lo más simpática, nos llevó a nuestro destino por la mitad de precio, en la mitad del tiempo que un autobús y hasta nos ofreció hospedaje en su casa. Tuvimos que rechazar su tentadora propuesta, ya teníamos un anfitrión y nos estaba esperando. Morelia nos recibió con una noche fresca, con su magnífica catedral, con un fondo de grises nubes y silenciosas calles de leyendas e historia.

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Debíamos llegar a nuestro primer couchsurfing antes de las 10. Eran ya las 9:40. Intentando no incomodar a nuestra desconocida anfitriona desde el primer día, nos trepamos en el primer Uber que llegó, y nos alejamos del centro de la ciudad. Llegamos un poco tarde… nerviosos por su reacción, no nos esperábamos la cálida bienvenida y la sincera sonrisa con la que nos recibió. Fanny, una joven profesora Mixoacana, nos abrió las puertas de su casa, por la sencilla razón de que tiene espacio, y si puede compartirlo, ¿por qué no?. Bajo esta filosofía, no recibió solo a 2 viajeros, recibió a 4! Y si su espacio lo permitiera hubiéramos sido más. Rose, una chica llena de energía de Dinamarca, y Camilo, un chileno de lo más conversón, en busca de vivir en carne propia su película favorita, “Coco”, llegaron al siguiente día para terminar de completar nuestra pequeña y diversa comunidad.

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Los siguientes días se fueron en largas caminatas, recorriendo las calles de la colonial  Morelia, originalmente conocida como Valladolid. Caminamos casi por toda la Avenida Madero, disfrutando de la belleza arquitectónica de sus edificios y descubriendo sus tesoros históricos. Recorrimos algunos kilómetros hasta llegar a la “Fuente de las Tarascas” la fuente más famosa de la ciudad, que representa a tres princesas indígenas sosteniendo una paila llena de frutas como veneración a la abundancia de la Madre Tierra. Pasando la fuente encontramos el famoso Acueducto, construido durante la colonia y el que fue una de las principales razones por las cuales Morelia fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO. Continuamos, llegamos al Santuario de Guadalupe, al ingresar vimos a sus costados dos impactantes pinturas. Representaban la llegada de los españoles a América y su sangrienta colonización disfrazada de salvación. Una historia que aún duele, que afectó y sigue afectando de alguna manera a todos los latinoamericanos.

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Empezamos a regresar, imaginando como sería una America sin colonización. Nuestro estómago comenzó a quejarse, decidimos buscar comida. Normalmente encontrar un lugar que vaya de acuerdo a nuestra dieta nos lleva algún tiempo, para suerte de nuestra barriguita, Morelia se ha convertido en una ciudad universitaria llena de restaurantes para todos los gustos y presupuestos. Como atraídos por un imán, en una calle escondida encontramos un local vegano, del que fuimos clientes durante toda nuestra estadía en Morelia, Terra Mona. Esta manejado por dos hermanas gemelas de lo más emprendedoras y buena onda. Su local es uno de los pocos veganos en Morelia, y a través de su delicioso menú proponen a la comida vegana como una deliciosa opción con impacto mínimo en el medio ambiente. Totalmente recomendadas!PueblosMagicos-310382.jpg

Así pasaron los días, y vimos como con el pasar de las horas la ciudad se vestía de fiesta, engalanandose de flores amarillas, coloridas calaveras y fascinantes ofrendas para recibir con toda la alegría y amor a sus queridos y recordados difuntos. Camilo, el chileno conversón, tuvo la gran iniciativa de realizar nuestra propia ofrenda, ya que todos queríamos rendir homenaje a alguien especial, incluso Rosa quien quería que su conejita sea también recordada.

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Fany, nuestra increíble host, nos dio una lista con todo lo que necesitábamos: Velas, calaveritas de azúcar, granos, licor, flores amarillas o tsochitl, frutas, el tradicional pan de muerto, mezcal y lo más importante, una foto nuestro ser querido. Conseguimos casi todo en la lista, y regresamos para armar la ofrenda entre todos.

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Fue un momento muy especial, abrimos nuestro corazón, compartimos historias y anécdotas sobre nuestros difuntos, reímos y lloramos, recordándolos con alegría y con la certeza de que la muerte no es el final, es un nuevo comienzo y que tarde o temprano nos volveremos a encontrar. 

Después de un cálido abrazo, cansados y llenos de emociones, nos fuimos a descansar. Mañana sería 2 de noviembre, y quién sabe lo que el esperado “Día de Muertos” nos iría a deparar.

Salento: café, historia, y naturaleza.

Salir de Mahavan fue difícil. Una mañana excelente para pajarear y las deliciosas comidas del Prau Pourna nos demoraban. Afortunadamente, en esta ocasión teníamos un ride. Un Mazda 323 de las Doritas empacado a full con herramientas de jardinería, materiales de arte, plántulas de árboles nativos, y nuestro pesado equipaje nos trasladaría hasta Salento. Como siempre los trancones son nuestros compañeros de viaje, y esta vez íbamos preocupados del tiempo ya que habíamos cuadrado una reunión por Skype para un futuro posible trabajo en Panamá. La entrada a Salento nos recordó la entrada a varios pueblitos en Ecuador: un pequeño desvío de la carretera principal y curvas cerradas e infinitas que descienden al río para entrar por el medio de montañas por un valle inter-andino. Con las justas llegamos a un Internet para cuadrar nuestra reunión, ahora la dificultad estaba en maniobrar el Internet con la lentitud del ancho de banda. Concluimos la reunión con éxito y entusiasmados de tener una posibilidad de trabajar en Panamá. Sin ningún otro compromiso salimos a buscar a Don Carlos, un amigo de las Doritas quién nos hospedaría. A nuestro sorprender teníamos todo el sitio para nosotros ya que días atrás había terminado unas instalaciones para recibir turistas. Lo estábamos inaugurando. Comenzamos con nuestras habituales vueltas: buscar la frutería y hacernos amigos de la casera para llenar nuestra lonchera de víveres esenciales para 2 viajeros que vienen con instrucciones para su alimentación.

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Al día siguiente madrugamos porque teníamos la suerte de tener guías locales que nos enseñarían su querido Salento en un tour privado. Las Doritas nos recogieron en su Mazda y emprendimos el viaje al Valle de Cocora. Nada mejor que conocer esta zona de la mano de 2 guías que aman su tierra y la excelente labor que realizan. Les acompañamos también a una visita laboral que tenían que resolver. Su trabajo consistía en una caracterización de la avi-fauna de un paradero turístico del valle, para luego con su fina habilidad pintar las aves más representativas para la interpretación y educación ambiental. Mientas ellas trabajaban yo pajareaba y la Guz fotografiaba.

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Aquí comimos el patacón más grande que hemos visto! Después de una mañana tan ajetreada el estómago rugía y siguiendo los consejos de nuestras amigas Doritas fuimos a parar en un restaurante vegano! sí! encontramos excelente comida en Salento, y lo que les puedo contar es que casi nos quedamos a vivir aquí. No había poder alguno que le saque a la Guz de aquí después de haber probado raw  vegan brownies.

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La plaza central esta rodeada de Willies, carros tipo Jeep típicos de la localidad para trabajar las fincas, brindar transporte, y ahora para turismo. La calle artesanal tiene cientos de locales de comida, artesanías, bares, restaurantes y sube hasta el mirador de la ciudad. Salento cuenta con elementos claramente diferenciados del cuál se construyó el proceso de colonización del Quindío colombiano y la región andina. Dentro de este contexto, este municipio a sido a través del tiempo y en la modernidad sitio de paso de importantes personajes como el intrépido barón Alexander von Humboldt y el prócer Bolívar quiénes cruzaron el Camino del Quindío, conocido como el Camino Real en la ruta que comunicaba Ibagué con Cartago en la ruta que unía Bogotá con Quito.

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Salento es un pueblito en un boom turístico, es muy acogedor, lleno de historia, naturaleza y gente linda. Su esencia sigue intacta, pero esta luchando con una capacidad de carga exagerada en temporada, donde sin un catastro formal de servicios turísticos, tráfico insoportable de transportes masivos, y la extrema subida de impuestos, los locales están dolidos. Los que sí pueden soportar estos precios son los extranjeros que poco a poco se están adueñando de terrenos, fincas y propiedades. Los esfuerzos de los locales en salir adelante y de mantener la personalidad y conservar al pueblo en todo el significado de la palabra es absoluta, y lo experimentamos con nuestras amigas Doritas. Estamos muy agradecidos con la vida por ponernos a personas tan especiales en nuestro camino, y por supuesto que estamos igual de agradecidos con nuestras nuevas amigas por todo su cariño y hospitalidad.

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No podíamos salir del Quindío sin visitar una verdadera y autóctona finca cafetera. Escuchando nuevamente los buenos consejos de las Doritas nos decidimos por ir a la finca de Don Elías. A una hora caminando por los caminos rurales se llega a la vereda Palestina, la vereda cafetera de Salento. (para los que se confunden con la palabra vereda, en Colombia significa el pueblito dentro del pueblito) La finca Don Elías a diferencia de otras fincas turísticas (a lo gringo style) es y ha sido tradicionalmente cafetera. Es la 4ta generación de productores cafeteros. El hijo de Don Elías nos recibió y nos guió por su finca, conversando sobre las bondades, las dificultades, los retos y el futuro del café. En las orillas del río Quindío compartimos naranjas, limas, plátanos, aguacates y por supuesto el mejor café que habíamos probado hasta el momento en Colombia. Colombia es el mejor productor de café, pero sin ofender a nadie y en nuestra pequeña experiencia en Colombia, muy pocos colombianos saben prepararlo. Hasta antes de Don Elías nuestra historia con el café era aguado, soluble y tan dulce (sí! te sirven al café ya con azúcar) que más que café parecía agüita de vieja como postre.

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Salento es de esos pueblitos a los que uno se imagina viviendo ahí y desarrollando emprendimientos. Nos fuimos de Salento sin antes hacer más contactos y visitar una de las zonas más pintorescas e importantes para la conservación.

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Mahavan, introspección y comunidad

Nos despedimos de la ajetreada Bogotá desde la terminal en un bus camino a Calarcá. A las 6 horas, después de transitar por una carretera que al parecer era muy conocida debido a sus deslaves y en la que pocos días antes una avalancha arrasó con el camino llevándose a un bus completo por sus más de 3000m de desnivel, llegamos a un pequeño pueblo que nos recibió con una torrencial lluvia. Después de intentar fallidamente encontrar un taxi, un amable señor calarqueño se ofreció a llevarnos hacia nuestro destino: Eco Yoga Aldea Mahavan

El camino hacia la aldea se alejaba de la ciudad perdiéndose en medio de verdes praderas que daban una sensación de libertad y paz. Aunque aún no había parado de llover, Lucero, una bella manisaleña habitante de la aldea nos estaba esperando con una gran sonrisa en la entrada.

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Mahavan, una comunidad a las afueras de la Armenia, es una propiedad de alrededor de 7 hectáreas que fueron devueltas a nuestra madre tierra, las que cuentan con un bello paisaje que es considerado como patrimonio inmaterial de la humanidad. Es un lugar sagrado en el que se vive un objetivo en común: la conexión con la Pachamama y con el ser interior.

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A través del programa de voluntariado se busca romper las barreras y sugestiones que nos separan como humanos. Las horas de servicio buscan compartir experiencias, aprendizajes y crear nuevos y enriquecedores conocimientos. Nuestras actividades variaron según nuestros deseos, desde trabajar en el jardín, preparar una comida vegetariana deliciosa, hasta volver a hacer un mural.

Nuestro camino nos ha encontrado con personas muy bellas, interesantes y con un estilo de vida admirable. Unas de ellas fueron las Doritas, dos maravillosas mujeres fanáticas de las aves, que volvieron a despertar en Andrés las ganas de “pajarear”. Todas las mañanas antes de las 6am ya estaban en pie investigando los alrededores de Mahavan en busca de las aves que habitaban la aldea. En una de sus salidas, emocionados por seguir el rastro de un carpintero endémico de la zona, decidieron acortar sendero y se metieron por donde no debían, lo que dio como resultado una sesión de acupuntura no deseada para Andrés, cuando fue atacado por más de 20 avispas.

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Aparte de nuestro servicio, que era 4 horas al día, teníamos acceso a diferentes actividades y talleres como masajes terapéuticos místicos (en el que el “pobre” Andrés tuvo la suerte de ser la víctima masajeada), meditación con cuencos tibetanos, meditación zen, yoga, partidos de fútbol y hasta compartir una película como en familia. Todas estas actividades acompañadas por los bellos habitantes de Mahavan humanos y no humanos (Lola y Lala, las perritas; Surabi, la vaca y Pavitrán el pavo real), hicieron de nuestra semana una experiencia realmente enriquecedora para nuestra mente, cuerpo y espíritu.

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