Necoclí, acogidos por el artista. (sin fotos)

Cuando 8 horas de incomodidad, viajando como costal de papas, oyendo champetas, vallenatos y regeatones a todo volumen, aguantando llantos y olores de guaguas, escuchando como disco rayado a los diferentes repertorios memorizados de vendedores de arepas, empanadas, pan de bono, gaseosas, chocolates, y hasta artículos tecnológicos (de procedencia dudosa) valen la pena.

En 2 segundos de conocer a nuestro nuevo host, una sonrisa de oreja a oreja, un abrazo, y un gran afro te dan la bienvenida a la bahia de Urabá. Conversaciones profundas, filosofadas, y compartir estilos de vida similares fue el ritmo de nuestra estadia en Necoclí.

William Yánez es autodidacta. Después de sacrificar más de una década en el ejército, donde según sus palabras eras narco, paramilitar o militar, una triste historia del vecimo país, se decidió por emprender estudios de arte en Cartagena. 5 minutos con él, interpretando su arte, son suficientes para entendet porque botó a si maestro. Nadie le impone reglas, peor para su arte. Las Bellas Artes no son, ni representan su escencia. Él es sambo (mezla entre negro e indígena), él es del Golfo de Urabá, es antioqueño y es de Colombia. Esa es su bella arte.

“Solo es arte” es un movimiento que dignifica al artista y le de herramientas para salir adelante. De esta manera, este colectivo iniciado por él, ayuda a ya más de 40 jóvenes artístas de la región a cumplir sus sueños. Recordemos que esta zona fue por mucho tiempo zona roja, y la población júvenil, fue y es, muy vulnerable a las atrocidades del conflicto armado en Colombia.

Urabá fue la bienvenida y el comienzo de la Bio región del Chocó. Desde la cabañita rústica frente al mar, un espacio rescatado y construido por Yánez para su colectivo, que fue nuestro hogar por unas noches, disfrutamos de la brisa y un mar casi dulce por sus aguas que bajan de las montañas de un bosque lluvioso increíblemente diverso.

Este post no tiene fotos. Estan pendientes. No hemos podido editar las fotos de la cámara.

Palomino, retumbar de olas y tambores

30 horas en bus casi rompen el récord de nuestro viaje mas largo. En esa ocasión fueron 32 horas pero en otro continente y cruzando fronteras. Llegar a Santa Marta y posteriormente a Palomino fue todo un trajín. Nos embarcamos en la terminal de Medellín para viajar durante la noche para en la mañana siguiente despertar en el Caribe colombiano. Nuestra sorpresa fue que despertamos en la mitad de la nada y varados por un tráfico que no se movía. Una tractomula (tráiler) se averió y taponó la angosta vía. El trancón iba kilómetros de lado a lado, ya que un camión (de igual o mayor tamaño) estaba auxiliando y queriendo remolcar al tráiler averiado. Nunca había dormido mejor en un bus, claro, pasamos 6 horas estacionados lo que fue perfecto para consolidar el sueño. El servicio que habíamos contratado era supuestamente directo a Santa Marta, pero inclusive a pesar del inconveniente de la demora, una vez abierta la vía, el bus iba “directo” pero de terminal en terminal y de parada en parada. Habíamos “comido cuento”. El viaje fue eterno y el estómago rugía. No se a que hora llegamos a Barranquilla, pero si me acuerdo el tráfico de entrada. Fue ahí cuando el chofer nos informó que teníamos que hacer transbordo. “Comimos cuento” nuevamente. En menos de 10 minutos en una terminal repleta y desordenada estábamos cambiados a otro bus. Este nuevo bus llevaba muchas horas con los pasajeros adentro ensardinados ya que la atmosfera de ese bus era de un aire caliente, denso y húmedo con olores de todo lo que se puedan imaginar. Avanzada la noche, sí, ya estábamos mas de 24 horas de recorrido, llegamos a las afueras de Santa Marta al sector donde a futuro conoceríamos como Mamatoco.  Aquí nos enteramos que el bus no entraría a la terminal, otra vez “comimos cuento”, ya que eso no estaba planeado y no era el servicio que pagamos. Con una luna redonda y resplandeciente en el norte de la vía, nos enteramos que ese bus continuaría hasta Rioacha en el departamento de la Guajira. Era una buena señal, eso estaba en el camino de nuestro destino final: Palomino. Después de negociar con el chofer para continuar y pagar una moderada suma de dinero, la cuál estoy 100% seguro que se repartirían entre el chofer y el ayudante, continuamos. Fue una decisión ganadora, ya que nos evitaba quedarnos en la mitad de la noche en media carretera en busca de un lugar para pasar la noche para al día siguiente continuar. Para ese entonces por medio de hermosa gente que forma parte de nuestras vidas ya teníamos donde quién llegar. Diego nos recibió de madrugada con una actitud como si ya nos conociéramos. Sabrán que por la música que escuchamos de alguna u otra forma ya la habíamos hecho.

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Foto: FB Nicola Cruz

Ser familia de Nicola Cruz fue nuestra tarjeta de entrada VIP a Palomino, ya que su música revolucionaria y consiente es admirada por muchos habitantes de este pueblito costero a las faldas de la Sierra Nevada, quienes nos atendieron con nutrida hospitalidad. Aquí les dejamos un link de su música.

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Diego fue nuestra conexión con el hostal Kanta Sana, perteneciente a Vicente, un suizo francés que es más colombiano que los más parces, y es el genial dueño y administrador de esta relajada hostería donde hamacas, ajedrez, cocos, eventos culturales y buena energía es el día a día. Aquí fue donde conocimos a dos chicos venezolanos, músicos integrantes de Kapopo.

Al enterarse que Nicola era familia, organizaron un toque para que podamos documentarlo y compartirlo con su ídolo.

Música de tambores, de nuestras raíces, de la tierra, mezclada con instrumentos de viento folklóricos, llenaron el ambiente de un aire místico, en donde los espectadores nos convertimos en danzantes guiados por un ritmo instintivo, ensimismados, bailando, sacudiendo, saltando, sin permitir que los pensamientos interrumpan el fluir de la energía poderosa generada por el retumbar de los tambores. Una noche transformadora, en donde vivimos el concepto de “Kanta Sana”, de sanación y transformación a través de la música.

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Los siguientes días fueron de playa (-¡por fin! – como gritó la Guz) , slack, lectura, descanso y deliciosa comida. No podíamos seguir con nuestro camino sin experimentar un poco de la abundante región de Riohacha, así que nos subimos en bus vía Camarones.

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Queremos agradecer a Diego por su hospitalidad, acogida y bienvenida a la Sierra Nevada. Estamos seguros que nos veremos en el futuro y aprovechamos para desearle mucha suerte en sus proyectos venideros. También a Vicente por permitirnos formar parte de la comunidad Kanta Sana y por su desinteresada generosidad. Estamos seguros que Kanta Sana será un éxito, es la mejor hostal en Palomino! Para los chicos de Kapopo, gracias porque con la retumbada de su percusión nuestras primeras semillas de Kiri brotaron. Sigan con esa música tan profunda que saca a danzar a todo mundo. Como no agradecer tambien a nustro primo Nicola, que sin querer queriendo fue un puente para experiencias inolvidables. Sabemos que estas trabajando en un nuevo album, no hay duda que te llevara mas lejos.

Flamingos, navegación en vela artesanal, manglares, buena pajareada, y ciénagas es algo de otro cuento, un cuento de luna de miel que detallaremos en el siguiente post.

La DICHA de pajarear en Toche

Salento y el departamento del Quindío son conocidos por el árbol nacional de Colombia, la Palma de Cera (Ceroxylon quindiuense). Una espectacular palma que en condiciones óptimas sobrepasa los 50 metros y muchas veces puede llegar a medir más de 60 metros. Crece entre los 2500 m.s.n.m hasta aproximadamente los 2800 m.s.n.m, alturas donde uno no espera ver palmas. Como naturalista siempre quise ver y vivir un bosque de palmas de cera. Para nuestra suerte, un amigo pajarero me cruzo el dato de uno de sus mentores, un académico que a nuestra dicha vive en las afueras de Salento. No bastó sino una llamada a Jorge Orejuela y mencionarle que nuestro amigo Carlos Mario Wagner (un importante conservacionista de Colombia) nos recomendaba, que Jorge y su esposa Ana María armaron plan para una aventura en los últimos remanentes de bosque de palmas de cera en Toche. Esta expedición hubiera sido imposible sin la organización de Jorge y Ana María, que desde ya extrañamos y agradecemos infinitamente!

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Quedamos en topar en la plaza central de Salento, y muy puntuales nos encontramos, reconocimos y nos conocimos. Salimos de Salento por el Camino Real, un camino de segundo orden que es magnífico para pajarear y observar orquídeas. A nuestra sorpresa estábamos compartiendo nuestro hobby con eminencias de la conservación y gestión ambiental de Colombia (aunque Jorge y Ana María muy modestamente no lo reconozcan)  La conversación fue tan sincera y fluida que entre palmas de cera, charlas, risas, pajareadas, fotografías y orquídeas pasaron como 3 horas hasta llegar a La Carbonera. Una pequeña casita de finca donde 2 alimentadores de colibríes son el atractivo para pajareros en busca de spp. exóticas. Nada como un buen tinto con excelente compañía y mucha naturaleza. Continuamos hasta llegar a 3 Cruces, finca donde pernoctaríamos para la expedición en busca de spp. endémicas. El paisaje era mágico, el atardecer con sus rosados y dorados, el camino, la neblina, cantos de loras y el bosque, uno de los últimos bosques vivos de palma cera. Para aumentar nuestra probabilidades de encontrar muchas aves, el 85% de las palmas estaban fructificando!

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Con mucha esperanza, uno de mis objetivos era poder observar al Orejiamarillo (Ognorhynchus icterotis), un loro exótico gigante que necesita de la Palma de Cera para su existencia. La palma le brinda refugio, hogar y frutos para alimentarse. En Ecuador esta extinto, y las Palmas de Cera tienen el mismo destino. Con todavía los últimos rayos de luz, fuimos con Jorge a explorar lo que sería el comienzo de nuestra expedición la madrugada siguiente. Una rica cena, otra muy buena conversación y dijimos hasta mañana. Soñé en épocas donde todas las montañas que nos rodeaban estaban prístinas y loros hacían un festín de los frutos maduros de las palmas.

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Madrugamos a la pajareada Ana María, Guz, Jorge, Yo y Consentido, un gato tan dócil que su nombre le queda corto. Primera vez que salgo a pajarear con un gato, y más aún, con un gato que nos siguió al monte. La densidad de palmas es algo fuera de la comprensión racional. Es de verdad algo fuera de este mundo. Hasta la salida de grupos armados en la zona, muy pocos conocían la existencia de este ejercito centenario de Palmas de Cera. Un bosque alto-andino nuboso mantuvo oculto a estos gigantes. Este bosque es el más grande vivero natural de plántulas de Palma de Cera, aquí hierve la biodiversidad. Las Palmas de Cera son una especie “sombrilla”, es decir, es una especie cuya presencia permite que muchas otras especies existan. Ejemplo de esta diversidad son los escarabajos que las polinizan, y muchos otros insectos asociados a sus flores. Líquenes, hongos, salamandras, roedores, felinos, y mas mamíferos subsisten a esta estricta cadena alimenticia.

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La bienvenida al bosque no pudo ser mejor. Una familia de Quetzales en pleno display mañanero bailaba y se alimentaba en frente de nuestros ojos. Después de ese espectáculo pavas de monte alborotaban al bosque, y 5 minutos después un six-pack de tucanetes en concierto. La interpretación del bosque fue exquisita gracias a Jorge y Ana María que con sus ojos calibrados encontramos aves y orquídeas. Es difícil explicar mi felicidad por tener la suerte de compartir un bosque tan especial con personas tan admirables. Un bosque que si no se toman medidas urgentes desaparecerá al igual que los bosques que alguna vez existieron en Cocora. La diferencia entre el valle de Cocora y Toche, es abrumador. Cocora es potreros con individuos de palmas esporádicamente esparcidos como políticos honrados en la asamblea nacional (creo que estoy muy generoso). No puedo concluir este relato sin expresar mi tristeza y preocupación por ver como la frontera agrícola y sobretodo ganadera esta poniendo en tanto riesgo ecosistemas únicos en el planeta. Donde esta la comunidad de observadores de aves, donde están las ONG´s, las organizaciones de conservación, donde esta el estado colombiano? Donde estas tú con tus acciones del día a día para no promover extractivismo? Esta zona y estos bosques deben ser protegidos YA! Protegidos con categoría de Parque Nacional y de Patrimonio Natural de la Humanidad. Sin la creación de áreas protegidas y de educación ambiental, la permanencia a largo plazo de estos bosques no esta asegurada. Esta palma, según estudios formales, empieza a reproducirse recién a los 67 años, cuando la palma recién tiene 10 metros de alto. Necesitamos actuar YA!

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Alternativas existen, el eco-turismo lo demuestra todos los días, y el avi-turismo es un ejemplo de alternativa de grandes beneficios ecológicos pro conservación y de alternativas económicas para la población en un cambio de matriz productiva. Este bosque además tiene la dicha de que el carretero de acceso sea nada mas ni nada menos que el Camino Real. Un camino que con inversión, capacitación, promoción e interacción adecuada puede ser un destino y producto turístico de primer nivel. Lo primero que se debe hacer, según Jorge, es cercar todos los potreros para que el ganado no entre al bosque y destruya el suelo y las plántulas en su carrera de supervivencia. Los principales riesgos de extinción de la Palma de Cera y sus bosque son antropogénicos. Deforestación y cambios de uso del suelo para actividades ganaderas, la intensa costumbre católica de utilizar estas palmas para festejos religiosos, son las principales causas.

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No tuvimos suerte de encontrar al Orejiamarillo, pero estoy seguro que volveré, y espero de corazón encontrar todavía a este bosque y sus habitantes tan esenciales protegidos bajo la ley y bajo principios que nacen de la buena fe y educación de las personas. Regresamos filosofando, pensando y soñando en cambiar al mundo. Hicimos tan buen click con Jorge y Ana María que nos invitaron a pasar la noche en su casa y conocer a su familia. La DICHA es la hermosa propiedad a las afueras de Salento donde Ana María y Jorge viven. Un espacio de familia, de comunidad, de trabajo, y sobretodo de un estilo de vida consiente. Las hijas de Ana María y Jorge también viven en la Dicha junto a sus parejas y familia. Cada una explotando sus conocimientos sustentablemente. Ya sea con restauración ecológica, proyectos de educación ambiental, arte o permacultura, nos sorprendió la energía y creatividad con la que su estilo de vida influye en la formación de los más pequeños miembros de esta comunidad, las nietas de Ana María y Jorge. Seres de corta edad que al tener una exposición mínima a la destructiva y adictiva sociedad capitalista, han desarrollado una personalidad curiosa, alegre, despierta que es difícilmente vista en las nuevas generaciones. Una familia conviviendo como comunidad, con sus dificultades y beneficios, todos los integrantes guiados por un ferviente deseo por tener una vida en armonía con la naturaleza. Agradecemos de corazón a la familia Orejuela por abrir las puertas de su hogar a unos locos viajeros con los que no tenían ningún tipo de compromiso. Es por gente como Jorge y Ana María, que abren su corazón y hogar sin esperar nada a cambio, que volvemos a creer en un mundo donde las relaciones humanas nacen de una confianza mutua y sin intereses de por medio. Nos despedimos de la Dicha con la cordillera despejada como testigo de regresar para continuar proyectos que empezaron a maquinarse.

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Ana María nos acompaño hasta la carretera para agarrar el bus vía Manizales, la despedida fue similar a cuando el 5 de octubre del 2017, Nena (la mamá de la Guz) nos despedía en plena Panamericana antes de tomar nuestro primer bus hacia el norte.

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Tierra roja y cielos estrellados, La Tatacoa

San Agustín se quedo con grandes recuerdos, aprendizajes y con una parte de mi trípode que perdí en el Parque Arqueológico. Nuestro siguiente destino era el Desierto de La Tatacoa, famoso bosque seco conocido por sus noches estrelladas. Perder la oportunidad de tomar fotografías nocturnas no era una opción, así que tuvimos que realizar una parada forzosa en Neiva, capital del departamento de Huila, en busca de un repuesto para el trípode.

Después de la tranquilidad y la amabilidad de la gente en San Agustín, Neiva fue un poco impactante. Las calles repletas de gente, los carros, la bulla, el desorden; advertencias sobre su inseguridad;  la frialdad de la gente que solo nos veía con cara de extraños, como sí no entendieran que hacían dos turistas en si ciudad, nos hicieron extrañar el ambiente de pueblito que tanto amamos.

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Después de recorrer varias calles y centros comerciales de Neiva estábamos a punto de darnos por vencidos, cuando en una isla de fotografía compartimos nuestro idilio con un cachaco (bogotano). Enseguida se contactó con un amigo, quién para mi suerte, tenía justo la pieza que necesitaba, probablemente la única en Neiva. Ahora sí estábamos listos para La Tatacoa.

Los días de viaje son nuestros días negros en cuanto a presupuesto. El costo de transporte en Colombia es bastante alto considerando la calidad de carreteras y servicio, así que para no salirnos tanto de presupuesto, decidimos que los días de movilización nos alimentaríamos solo de frutas. Encontramos un puesto en el Parque Principal en donde desayunamos una mezcla de deliciosas frutas que lograron llenarnos de energía para iniciar el viaje.

En la estación de buses de Neiva, nos subimos en la única camioneta que hacia el recorrido hacia el desierto. El otro pasajero era Alex, un chico inglés que estaba viajando solo por Suramérica. Después de una larga conversación hasta llegar a Villavieja, decidimos continuar nuestro viaje juntos. Tomamos un tuk tuk y nos dirigimos hacia nuestro final y muy esperado destino.

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El paisaje árido rojizo, decorado con diferentes especies de cactus, cabras y aves nos recibió con un calor inclemente. Nuestro chofer nos dejó instalados en uno de los pocos hoteles del desierto en donde había la posibilidad de quedarse en hamacas.

 

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Esperamos a que pase un poco el sol, y salimos a perdernos en la belleza de las lomas de tierra árida rojiza que te transportaban a otro planeta. Compartimos nuestras apreciaciones, desde que se parecía a un paisaje de los vaqueros del Lejano Oeste, hasta que se asemejaban a la superficie de Marte, cada uno se llevó consigo su propia interpretación del maravilloso Desierto de La Tatacoa.

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La ruta estaba delimitada para evitar dañar las lomas que debido a que no es un desierto común y corriente, es un bosque seco, en el que no es tan inusual que llueva. La humedad del desierto hace que el paisaje sea mucho más vulnerable a transformaciones. Debido a que secciones de la ruta que estaban bastante húmedas, se formaban lo que interpretamos como pequeñas arenas movedizas que casi se quedan con nuestros zapatos.

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Después de hora y media terminamos el sendero en un mirador que nos regaló un atardecer perfecto que pinto el cielo y el desierto de colores provocativos y profundos que dieron al paisaje un aire sublime. Deleitamos nuestros ojos y cámaras y nos preparamos para tomar las fotografías de el cielo nocturno.

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Nunca había tomado fotos de estrellas, así que antes de que oscurezca comenzamos a prepara la cámara para realizar las primeras pruebas… Durante una hora no logre capturar ninguna foto digna de publicación, pero tuvimos la oportunidad de estar solo los dos en medio del desierto, en una obscuridad total con un cielo repleto de estrellas. Nos fundimos con el paisaje, nos perdimos en la oscuridad y en el cielo, buscando constelaciones e intentando contestar preguntas que la infinidad y el misterio del universo ha despertado siempre en los seres humanos.

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Después de varios intentos y cambios de batería, por fin logré identificar el inconveniente y pude capturar mis primeras fotos de estrellas. No son las mejores, pero de ahora en adelante perfeccionar esta técnica será una excusa más para alejarnos de ciudades, de las luces artificiales y contaminación visual. Será la excusa perfecta para perdernos en la oscuridad y silencio de la noche, en donde tal vez encontremos respuestas a algunas de nuestras preguntas.

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