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¿De Colombia a Panamá? En el “limbo” (Parte 2)

Salimos de Colombia, llegamos a Puerto Obaldía, un pueblo de alrededor de 300 habitantes, sin autos ni carreteras, con 3 tiendas, 2 restaurantes, 1 cyber, 1 asentamiento militar y la oficina de migración.

Como nos habían advertido, los militares y los oficiales de migración al ver nuestra nacionalidad tomaron una actitud de lo más hostil. Al parecer los ecuatorianos tenemos mala reputación en la frontera panameña. Un poco nerviosos, iniciamos una conversación de lo más casual, no obstante el oficial a cargo se sintió irritado por tanta pregunta y amenazó con “regresarnos por donde vinimos”.

Molestos por la reacción, pero consientes de que teníamos todas las de perder, intentamos apacigüar la situación. Explicamos a los oficiales de la manera más educada sobre los percances que habíamos tenido saliendo de Colombia y la razón por la que no habíamos logrado obtener todo el dinero en efectivo, empatizaron con nuestra situación y nos permitieron entregarles una copia de nuestro estado de cuenta para comprobar de esta manera nuestra fluidez económica.

Debido a la velocidad de internet y la calidad de los equipos, nos tomó 5 horas desde las 11am que salimos de migración hasta las 4pm que regresamos con las copias, adquirir los documentos exigidos por migración panameña. Finalmente, 5 minutos antes de que cierre la oficina, sellaron nuestro pasaporte.

A las 5 de la tarde no había forma de salir para Cartí, el siguiente pueblo después del Tapón del Darién en donde se puede encontrar una vía con conexión a Ciudad de Panamá. Con el efectivo contado para realizar el cruce, tuvimos que buscar la opción más económica para pasar la noche.

Puerto Obaldía, actúa como una especie de “limbo” para los viajeros que quieren cruzar de Colombia a Panamá. Si tienes pasaporte del “1er mundo” o si vas en un tour organizado que no encuentras por menos de 500$, el trámite en migración no representa ningún problema. Sin embargo si vienes independientemente desde Sur América puede ser realmente un dolor de cabeza, y te puedes ver atrapado en Puerto Obaldía, indeterminadamente esperando sin seguridad alguna el sello de ingreso.

Así fue como conocimos a Charlie, un ingeniero en sistemas colombiano que estaba acampando ya más de dos semanas, a lado de la cancha de fútbol del pueblo, esperando una respuesta a su solicitud como refugiado; a Alex, u estudiante de sicología argentino que había dejado su moto en la embarcación “La Juliana” con un adelanto de 400$, sin tener una factura o un papel que comprobara su transacción, su única garantía era que el Capitán “Pimpi” le había dicho que tenía que pasar por Puerto Obaldía (ya iba 2 días tarde); a Carlos, el chef, a quién no le querían sellar (y no le sellaron) el pasaporte por no tener comprado el ticket de retorno.

Así de repente formamos parte de la comunidad “El Limbo” de Puerto Obaldía. Armamos nuestra carpa, prendimos fuego y preparamos la cena entre todos. Esa noche reflexionamos sobre los conceptos de bandera, de fronteras, de país. Conceptos imaginarios creados por el ser humano, originarios de divisiones, de guerra, de racismo. Esa noche no nos sentimos identificados por nuestro país, nos sentimos conectados por nuestra condición de humanos, de seres vivos con sueños, problemas, alegrías y tristezas.

A la mañana siguiente desarmamos campamento y nos instalamos en el muelle con la esperanza de encontrar tres integrantes más para que un bote se digne en llevarnos hacia Cartí. Al par de horas, como pedidos por catálogo, llegaron dos Journey Man, a quienes ya habíamos conocido en Capurganá. Nos faltaba uno. De repente y para cerrar con broche de oro llegó Dame, un guía de turismo Norteamericano de origen Senegalí, quien iba ya más de tres días esperando por un avión o lancha.

Una vez que unimos fuerzas empezaron a llover las ofertas. Finalmente decidimos salir con Ricardo, un indígena Kuna, quien nos ofreció pasar una noche en su comunidad Anachukuna, y salir a la madrugada siguiente hacia Cartí. Nos despedimos con pesar de no saber cual sería el desenlace de los miembros de nuestra pequeña comunidad, sin embargo al alejarnos de Puerto Obaldía, vimos como se acercaba una pequeña embarcación a su costa, su nombre era “Juliana”.

En cualquier lugar habríamos llamado la atención por ser un grupo tan fuera de lo común, pero en Anachukuna, un asentamiento Kuna, en el que muy pocos integrantes hablan español y que aún no esta abierto al turismo, fuimos todo un escándalo. Ojos curios, risas nerviosas y murmullos nos seguían a cada paso. No fue hasta que Andrés sacó su frisbee, que los niños perdieron el miedo y la vergüenza, y de repente no podíamos escapar de 30 niños que nos siguieron por toda la tarde con una energía incansable. Disfrutamos de una tarde llena de risas, juegos y mar… Quién diría que en Anachucuna encontraríamos la playa paradisíaca que tanto habíamos esperado.

Teníamos la intención de acampar, pero con el aire hospitalario que identifica a las comunidades, Ricardo nos acomodó en la casa de una familia que nos abrió sus puertas. Fue todo un privilegio convivir con una familia por una noche, es un honor que muy pocos turistas podrían experimentar. Agradecidos por la oportunidad, compartimos una cena con nuestra familia adoptiva, en la cual probamos el mejor coco de nuestra vida.

La Panamericana se ve abruptamente interrumpida por el Tapón del Darién, una selva densa, llena de peligros humanos y naturales que separa a Colombia de Panamá. Es a través de este arriesgado trayecto que personas en busca de un mejor futuro se aventuran por 10 días con el objetivo de entrar a Panamá ilegalmente. Un grupo de hermanos cubanos, ecuatorianos y africanos fueron abandonados por su “guía” en medio del trayecto. Luchando por sus vidas y guiados por su instinto lograron llegar a Anachucuna. Que dolor , que impotencia ver a seres bondadosos, trabajadores, con sueños, arriesgando sus vidas por líneas imaginarias que nos separan y nos atan a espacios llenos de injusticia y sufrimiento. Que difícil seguir nuestro des complicado camino…¿con qué cara despedirnos?

¿De Colombia a Panamá? Hay que mirar pa´ver (Parte 1)

Después de pagar 45.000 COP de sobrepeso por nuestras maletitas nos embarcamos en una lancha rápida Vía Capurganá. Por fin nos dirigíamos hacia el paraíso tan ansiado, playas prístinas a la falda de bosques poco intervenidos del majestuoso y como vendríamos a conocer, peligroso, Darién. En este edén planeábamos disfrutar nuestra última semana en Colombia. Pero como un viajero sabiamente nos dijo: “¿Quieres hacer reír a Dios? Cuéntale tus planes. Seguro estaba retorcido de tanta carcajada.

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Una interminable hora en lancha rápida en mar abierto pensamos que era un precio justo que pagar por llegar a la aislada costa de Capurganá. La playa virgen de nuestros deseos fue abruptamente reemplazada por un puerto desordenado e infestado de gente. Nuestras caras no podían esconder el shock. Intentando sobreponernos, decidimos continuar a Sapzurro, el siguiente pueblo costero del Chocó que parecía ser menos concurrido. No podíamos avanzar sin tener nuestro sello de salida de Colombia en Capurganá, así que durante una hora hicimos fila bajo un poderoso sol de mediodía. Parecía que nos habíamos metido al mar con todo y mochilas cuando por fin nos atendió el oficial de migración, a quién no se le ocurrió comentarnos (antes de sellar nuestra salida) que una vez realizado el trámite teníamos 48 horas para salir de Colombia.

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Con la intención de sacarle el jugo a nuestras últimas horas y con un espíritu mochilero inquebrantable (que nos instó a ignorar las recomendaciones de los locales) decidimos realizar el cruce hacia Sapzurro por tierra, una caminata de alrededor de 3 horas a través del bosque montañoso. A la media hora de iniciar nuestra proeza, nos cruzamos con un chico que venía desde el lado contrario. Al ver nuestras intenciones, nos urgió a considerarlo, el camino empinado y lodoso le había costado 4 horas de caminata, esto, sin una refrigeradora a su espalda. No necesitamos de más insistencia, y la verdad nuestras espaldas nos agradecieron enormemente al subirnos a una lancha que nos llevó en menos de 10 minutos a Sapzurro. En el trayecto conocimos a Doña Marlene, dueña del hospedaje “Las Higueras”, quién nos ofreció un cuartito de lo más pintoresco a precio de camping.

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Sin intención de desperdiciar nuestras últimas 48 horas, nos dirigimos hacia Cabo Tiburón, la playa más bonita de Sapzurro. Nuestro ansiado paraíso seguía siendo reemplazado por la triste realidad de nuestras costas. Que angustia encontrar que la playa más bonita, que realmente goza de una belleza única, está cubierta de basura. Basura que debido a la poca concurrencia que vimos, tuvo que haber venido del mar. Normalmente recogemos la basura que encontramos en las playas… esta vez no sabíamos por donde comenzar. Los plásticos de un solo uso, que problema tan destructivamente egoísta enraizado en nuestros hábitos del día a día. Que impotencia, que dolor sentir el conformismo, el “que me importa”…. Tema polémico con chispas de esperanza para un futuro post.

Regresamos al pueblo cabizbajos, pero con una preocupación más urgente en mente. ¿Cómo cruzamos de Colombia a Panamá? Una pregunta que nos veníamos haciendo desde Necoclí y a la que las pocas y diversas respuestas que obteníamos podían ser resumidas en el característico dicho colombiano “hay que mirar pa´ver”. Para información confiable tuvimos que refugiarnos en turistas extranjeros. Así fue como nos enteramos que el cruce a Panamá por mar tiene un costo de 100$ por persona, que en migración Panameña piden entrar con 500$ en efectivo por persona (para probar solvencia), que no hay cajeros electrónicos hasta Ciudad de Panamá, y para “aliviar” la situación, no hay como salir de Sapzurro a Puerto Obaldía (el pueblo con oficina de migración Panameña) sin tener al menos 4 personas para cubrir los costos de la lancha.

Como viajeros, al estar tan expuestos y en constante movimiento, nos trasladamos con el efectivo necesario. ¡¿Qué mochilero lleva 1000$ en efectivo?! Con el tiempo encima, inició el conteo regresivo . Corriendo por todo Sapzurro logramos encontrar dos turistas más para la lancha (√) Encontramos un señor que ofrecía el servicio para sacar dinero con tarjeta de crédito (¡¡¡al 19% de impuesto!!!) (√) Encontramos un bote con suficientes turistas para Puerto Obaldía(√).

Nos fuimos de Colombia, o mejor dicho salimos huyendo de Colombia.

Antes de pasar a la segunda parte de la historia, unos valiosos consejos para los pobres diablos que quieren cruzar de Colombia a Panamá por mar:

*El último cajero en Colombia es en Necoclí o e Turbo.

*Si ya estás en Capurganá y no tienes el efectivo suficiente busca a Ariel Palacios (un abusivo extorsionador que se cree mejor que banco Suizo) pero que te sacará del apuro.

*El costo de transporte aéreo de Puerto Obaldía a Ciudad de Panamá es de 100$. Sale solo los martes y jueves y tiene 7 espacios por lo que tienes que reservarlo con anticipación.

*El costo en lancha de Puerto Obaldía a Cartí (el primer pueblo con carretera hacia Panamá) tiene un costo de 110$ por persona + 20$ de impuesto a los Kuna Yala +25$ de transporte de Cartí a Panamá. (Si quieres quedarte en el archipiélago de San Blas, esa es otra historia)

*Anda con tiempo y dispuesto a la aventura, ya que quién sabe cuándo consigas otros pobres turistas (que se hayan atrevido a cruzar sin tour) para que las lanchas se dignen en salir.

Requisitos de migración Panameña:

*500$ en efectivo como prueba de solvencia económica para ingresar

*Reservación de ticket de salida (bus o avión)

*Carnet de fiebre amarilla

*NO HACER MUCHAS PREGUNTAS

¡¡¡SUERTE!!! (Es necesaria)

Necoclí, acogidos por el artista. (sin fotos)

Cuando 8 horas de incomodidad, viajando como costal de papas, oyendo champetas, vallenatos y regeatones a todo volumen, aguantando llantos y olores de guaguas, escuchando como disco rayado a los diferentes repertorios memorizados de vendedores de arepas, empanadas, pan de bono, gaseosas, chocolates, y hasta artículos tecnológicos (de procedencia dudosa) valen la pena.

En 2 segundos de conocer a nuestro nuevo host, una sonrisa de oreja a oreja, un abrazo, y un gran afro te dan la bienvenida a la bahia de Urabá. Conversaciones profundas, filosofadas, y compartir estilos de vida similares fue el ritmo de nuestra estadia en Necoclí.

William Yánez es autodidacta. Después de sacrificar más de una década en el ejército, donde según sus palabras eras narco, paramilitar o militar, una triste historia del vecimo país, se decidió por emprender estudios de arte en Cartagena. 5 minutos con él, interpretando su arte, son suficientes para entendet porque botó a si maestro. Nadie le impone reglas, peor para su arte. Las Bellas Artes no son, ni representan su escencia. Él es sambo (mezla entre negro e indígena), él es del Golfo de Urabá, es antioqueño y es de Colombia. Esa es su bella arte.

“Solo es arte” es un movimiento que dignifica al artista y le de herramientas para salir adelante. De esta manera, este colectivo iniciado por él, ayuda a ya más de 40 jóvenes artístas de la región a cumplir sus sueños. Recordemos que esta zona fue por mucho tiempo zona roja, y la población júvenil, fue y es, muy vulnerable a las atrocidades del conflicto armado en Colombia.

Urabá fue la bienvenida y el comienzo de la Bio región del Chocó. Desde la cabañita rústica frente al mar, un espacio rescatado y construido por Yánez para su colectivo, que fue nuestro hogar por unas noches, disfrutamos de la brisa y un mar casi dulce por sus aguas que bajan de las montañas de un bosque lluvioso increíblemente diverso.

Este post no tiene fotos. Estan pendientes. No hemos podido editar las fotos de la cámara.

Reflexiones de vida antes de Cartagena

Me imagino que el tema de la compu les tiene ya aburridos, pero ha sido algo que ha definido parte de nuestro viaje.

Esperanzados que el repuesto de la compu ya llegó, nos comunicamos con Luis, el técnico de la compu, para ya por fin resolver el problema. A nuestra sorpresa, cuando conversamos con el, nos informó que el repuesto que con tanta paciencia estábamos esperando, en efecto había llegado, pero era un repuesto equivocado (no era el que habíamos ordenado). No solo a nosotros nos hirvió la sangre.

Nos enterarnos que desde un principio el proovedor mando mal el repuesto a propósito. No tenía el que necesitábamos, pero guardo silencio y de todas maneras mando uno equivocado. Aprendimos que en Colombia esta técnica es usada para ver si caíamos en la trampa y el proovedor cobrará su navidad de todas formas. Otra vez los colombianos con su mero “cuento”. Al pobre Luis de su cólera casi le da un cálculo.

Tratando de mantener una buena actitud, y no dejar que la falta de seriedad (por no decir otras cosas) de la gente nos afecte, decidimos ese mismo día salir de Santa Marta.

Agradecemos a Luis por su profesionalidad y recomendamos sus servicios a los que necesiten ayuda de Mac. en Santa Marta. Luis se apodero de la situación del repuesto, nos devolvió el dinero (que ya habíamos abonado) y siguió nuestra infortunia de la compu asesorándonos vía WhatssApp.

Para la Guz estar sin su compu ha sido un aprendzaje difícil. Pero el universo tiene extrañas maneras de comunicarse. Solo ella puede interpretar estas señales y seguir adelante. Aqui cabe perfecto el dicho: “Ten cuidado con lo que deseas” La Guz quizo romper ese vínculo de trabajo esclavizador que tenía en la ciudad, quería dejar de pasar 10 horas en frente a una pantalla. Curiosamente (para mí), decidió salir a viajar con su Mac. A más de cumplir servicios profesionales todavía vigentes, estaba todavía aferrandose a una memoria de trabajo que para la mayoría es normal, y esta clavada en las normas de como funciona este mundo capitalista. De cierta manera (personalmente), me alegro que la compu se haya dañado. Al final son cosas materiales, caras, muy caras, pero podemos precindir de ellas hasta cierto punto. Las personas somos más que el material que hacemos a través de máquinas. Muchas veces éstas nos impiden a realizar cosas asombrosas. Nos interrumpen en vivir de verdad. Nuestro talento viene de las vivencias y experiencisas de la vida, de la curiosidad. Un artista no necesita de una compu para crear. Desde que el diagnostico de la compu fue fatal, la imaginación y creatividad de la Guz se han disparado infinítamente y nos han abierto oportunidades.

Con todo respeto a quien sea que esta leyendo (irónicamente a travez de una pantalla) y le llegen estas letras; pero pasar una vida trabajando para otros, gastando valiosísimo tiempo entre cuatro paredes, un escritorio, diferentes tipos de dispositivos móviles y tazas de café entre problemas (de otros) y discusiones con los “superiores”; es algo que ojala nunca pero nunca me suceda.

Entiendo que hay muchos estilos de vida, y que para poder sobrellevarlos se tiene que soportar hasta peores cosas que lo mencionado. Hay que pagar cuentas, tarjetas de crédito, alimentarse, cambiar pañales en muchos casos, gastos médicos, pensiones educativas etc. espero que entre tantas cosas no se olviden de trabajar para ustedes y en vez de ganar $$$$, ganen experiencias y ganen nuevos amigos. VIVIR !

Nuestros “hosts” en Bogotá (se acuerdan de Sarita y Diego) tienen familia en Cartagena, y no falto sino una llamada que ya teníamos donde llegar en nuestra siguiente parada.

Llegamos a la Ciudadela 2000, un barrio afuera de la Cartagena turística donde experimentamos su verdadera esencia. Sus habitantes nos recibieron sentados y acostados en hamacas en las terrezas de sus casas compartiendo risas y hasta bailes de Champeta a todo volumen en la calle.

Pedro, Yeniz y Emerilys nos recibieron 2 cuadras antes de su casa para estar seguros de que no nos perdiéramos. Nos hicieron espacio en su linda casa y nos acomodamos en la sala. Esa misma noche, el vecino y amigo de la familia, Glennford, llego para ayudarnos y orientarnos en lo que necesitemos en nuestras vueltas por Cartagena.

Al día siguiente, con un poco de idea de como abordar a la famosa ciudad amurallada, salimos con Glenn, que por poco nos llevó de la mano, al centro de la ciudad. Agarramos Transcaribe, el servicio tipo Trole, donde después de una pequeña caminata, un bus alimentador, y un servicio de pocas paradas llegamos a la ciudad.

Caminamos y caminamos casi sin parar. Salimos a las 6 am de la casa y regresamos a las 10 pm. Cartagena es sin duda un destino de luna de miel. En cada esquina, uno no sabe para donde doblar, cada callecita y cada rincón tienen su encanto y seducción. No pude sino pensar como sería de hermoso el centro histórico de Quito si fuera tan peatonizado como el centro de Cartagena.

Queremos agradecer a nuestros “hosts” y nuevos amigos en Cartagena, por su hospitalidad y ayuda; y a Glenn por su entusiasmo genuino en ayudarnos, y porque gracias a él y su parche artístico, se abrieron puertas y corazones en nuestro siguiente parada: Necoclí.

Santa Marta, lo bueno, lo bonito y lo feo

Tenemos muy buenos recuerdos de Santa Marta, la mayoría están ligados a un pequeño restaurante vegano que fue nuestro centro base, y de Luis, el técnico de la Mac que después de tantas visitas se convirtió en amigo y fan de Kiriando.

Tan sencilla se ha vuelto nuestra vida, que un exquisito pan de chocolate vegano, era lo que más anhelábamos.
El centro de la ciudad es agradable para caminar. El malecón fácil de recorrer. Los vientos huracanados, lo más miedoso.

Dejándonos llevar por las ganas de conocer lo que más podamos, mientras esperábamos el diagnóstico, repuesto y arreglo (que nunca pasó) decidimos cambiar de barrio. En temporada, o no, el centro de Santa Marta estaba fuera de nuestro presupuesto, y los “backpackers” de alrededor no son de nuestro encanto ni estilo.

Encontramos una finca retirada de la ciudad que se estaba convirtiendo en hostal, tiene buenos accesos y está cerca de Rodadero. La fama de Rodadero es del barrio y playa “pelucona” de Santa Marta, allá ellos dicen que es de “estrato 6”. Nunca entendimos bien a que se referían con eso. En fin, Chamilla es bueno, bonito y barato. Pudimos armar campamento debajo de unos gigantes abuelos Caracolí y de unos abuelos mangos (que cada mañana nos regalaban el desayuno). Armamos el slack, y disfrutamos de la piscina y las instalaciones. Estábamos cómodos.
Volviendo al tema de la compu, la idea de ya estar en Santa Marta en vez de seguir en la guapa Sierra Nevada donde tanto nos encariñamos de Minca y su energía, era de estar cerca del técnico para resolver los problemas tecnológicos. Fue una lección de vida. Visitar Rodadero fue una cachetada con puño cerrado para despertar a la realidad en que vivimos.

La temporada alta estaba en su máxima expresión, y todo todito Colombia sube al Caribe en diciembre y enero. Como dice mi viejo (sin ánimo de ofender) “El populacho enfurecido” refiriéndose a la intensidad y exaltación de las masas turísticas en su éxtasis de poder disfrutar sus único días libreas al año- convierten a Rodadero en un incómodo, penoso, perturbador, asfixiante, claustrofóbico territorio. Salimos repelidos, asqueados de las multitudes y de cómo el ser humano se comporta cuando está en masas. La basura, la actitud, los olores (por miles de personas y sus cochinadas) son fondos sociales que se deben estudiar por sociólogos.

Descubrimos que Santa Marta es la ciudad que más rápido está creciendo que Colombia, y con palabras como corrupción en el vocablo coloquial de sus habitantes, esta ciudad es un desorden y caos completo (por no poner adjetivos más fuertes).

Aquí fue cuando la Guz pudo entender un poco más mis reacciones media bipolares cuando regreso de mi trabajo en el campo, ya sea en la amazonia, las montañas, Galápagos, o donde sea que vaya. Regresar de la paz y tranquilidad de hábitats que sacan lo mejor de ti, a la triste y cruda realidad de los mortales, donde prácticamente nos destruimos unos a otros, es algo que quiero evitar al regreso de esta andanza.

El Faunal, un refugio para pajareros y viajeros

Teníamos dos opciones para regresar de San Lorenzo a Minca, la una bajar tres días caminando con equipaje y todo (que inspirados por dos audaces Barranquilleros lo estábamos considerando) o pagar un alto costo por bajar en una moto vieja y destartalada. Por suerte apareció una tercera, un conductor llegó a donde Moncho con unos pasajeros que ya habían pagado su tarifa, así que bajamos como reyes en un 4×4 y a presupuesto mochilero.
Nos bajamos a las afueras del Pozo Azul, siguiendo el consejo de los mismos barranquilleros, continuamos por el sendero que nos llevó hacia la Reserva “El Faunal”.

A punto de llegar a nuestro destino un crujir de las hojas a nuestras espaldas nos sobresaltó. Para nuestra sorpresa a muy pocos pasos se encontraba un pequeño venado quien sin miedo alguno acercó su cabeza a mis piernas y empezó a ¿embestir? ¿rascarse? Sin saber realmente cuales eran sus intenciones tuve que utilizar mi mochila como escudo hasta que pierda interés.

Finalmente llegamos a la reserva en donde Marta y su hijo David nos recibieron con una gran sonrisa y nos informaron que quien nos había dado la bienvenida fue “Pepe, el venado”.

Ubicado a una hora del pueblo, El Faunal fue un refugio, o mejor dicho un hogar, en donde nos escondimos del ajetreo de fin de año. Nos acostábamos con el sol y nos levantábamos con el rugido de los monos aulladores. Observamos alucinantes aves desde la comodidad de una hamaca, jugamos telefunque, tuvimos largas e interesantes conversaciones de teorías conspirativas con David y hasta vendimos sánduches veganos a los turistas que se dirigían al Pozo Azul.

Aquí nos despedimos de Minca, un lugar especial que como predijeron el primer día que llegamos, nos atraparía por más tiempo del planeado. Esperamos regresar para seguir explorando y descubriendo la belleza de su naturaleza y sus habitantes.

No está demás recomendar completamente El Faunal, un lugar realmente especial con una inspiradora visión de conservación y apreciación por la naturaleza.

Filosofadas de un pajarero en la cuchilla de San Lorenzo.

Nuestros lindos anfitriones nos apostaban que nos quedaríamos en Minca más de lo planeado. Con nuestro itinerario medio medio establecido, no les discutíamos, mas bien aceptábamos, pero no les creíamos.

Haz planes para que el universo en su entropía lo caotice todo. Así no es la quote original, pero me gusta parafrasear y ponerle mi toque.

Llegamos a Minca en el 2017 y nos fuimos en el 2018. Al parecer nos quedaríamos mucho más de lo planeado. Tan conectados con la Pacha nos sentíamos en la Sierra Nevada que el universo nos regalo una torrencial, purificadora y deliciosa limpia. Nos bañamos en luna llena con el último aguacero del 2017 y por si eso fuera poco nos recargamos de energía pura y nueva con el primer aguacero en luna llena del 2018. No podíamos pedir un mejor fin y comienzo de año.

Creo que el maestro Bob Marley dijo una vez: “Hay quienes sienten y disfrutan la lluvia; los demás se mojan”.

Santa Marta y sus alrededores, sobretodo Minca, la cuchilla de San Lorenzo, y el Cerro Kennedy, es uno de los spots mas empacados de endemismo en Colombia. Minca contiene una plétora de aves, bosques, montañas, ríos, arroyos, cascadas, pozas etc. y mucha gente linda. Esta sinergia nos mantenía descubriendo los alrededores de este atractivo pueblo.

[Aquí encontramos el mejor pan de masa madre y el mejor pan de chocolate y hamburgesas veganas]

Así organizamos para subir a la cuchilla de San Lorenzo, lugar donde queríamos observar los majestuosos picos nevados y disfrutar los que serían los días mas mágicos de nuestra estadía en la Sierra Nevada.

La Sierra Nevada es el sistema montañoso de litoral más alto del planeta, aun estando relativamente cerca a los Andes, es una sistema completamente aislado. Esta se eleva abruptamente por 42 Km. desde el Caribe hasta su pico + alto, el pico Cristobal Colón con 5700 y pico de metros sobre el nivel del mar.

Para los diferentes grupos étnicos que habitan este territorio, las cumbres máximas de la SN son el centro del mundo. Ellos se concideran los “Hermanos mayores” y desde su perspectiva son los encargados de cuidar y preservar el mundo.

Al igual que la idea de GAIA de James Lovelock, donde la totalidad del planeta Tierra funciona como un complejo sistema, o más fácil, el Planeta actúa como un organismo vivo; la SN es considerada como un cuerpo para la cosmovisión autóctona. Las montañas son la cabeza, los bosques son el tórax, los ríos las extremidades y los animales el sistema nervioso, y Minca el corazón. Conocer un poquito + a fondo la sabiduría de los pueblos ancestrales me permitió pasar los días no solo pajareando sino filosofando.

Desde la cuchilla de San Lorenzo se puede acceder al Cerro Kenedy (que “curiosamente” es una base militar) y dese ahí se puede apreciar una vista de casi 360°. Por un lado se ven los bosques montañosos sagrados de la SN y por el otro lado se el “desarrollo” de Barranquilla y Santa Marta. Es un lugar que invita a la reflexión y pensamientos profundos. Lo sagrado, virgen, prístino, saludable, puro, limpio, original VS. lo profano, raro, artificial, enfermizo.

El nivel máximo de mi iluminación en ese momento, fue cuando como en un flash, y recordando a mentores, amigos y sus palabras verdaderas, entendi un poco más cual es mi miedo y misión de mi actual forma humana.

Respectivamente, caer en el vicio capitalista, materialista, egocéntrico; dejar una huella positiva a favor de la Pachamama.

Para mo aburrirles con mi sentimentalismo y que no piensen que soy un loco romántico, cambiare a otro de mis temas favoritos: la pajareada.

54 spp. en 2 días de pajareo relajado es un excelente número para mi, si tenemos en cuenta que muchas fueron endémicas y lifers. No soy pajarero listador, solo quiero resaltar y entusiasmar la biodiversidad de esta zona.

La estación de guardaparques San Lorenzo fue un gran comienzo de la expedición y un gran spot de pajareada.

La fama de alimentar Antpittas que comenzó en Ecuador por la familia Paz en Nanegalito, se ha extendido hasta Colombia. No solo en Manizales, en los lodges especializados en aviturismo, sino hasta acá en la SN.

Kelly, la esposa del guardaparque de la estación, aporta al crecimiento de su familia con un sustentable uso de la biodiversidad. Encontró un excelente pasatiempos. A las 9 am recoge lombrices de su huerto para silbando alimentar a la famosa Santa Marta antpitta. Aqui llegan cientos de pajareros para observar a esta tímida ave.

La mayoría no pueden hospedarse en la estación, son los headquarters del Parque Nacional Sierra Nevada. Nosotros tuvimos suerte.

En la zona de amortiguamiento del parque nacional, esta la reserva El Dorado. Un famoso lodge que lastimosamente (afortunadamente) no nos abrió ni las puertas para explicarnos porque no podiamos pasar. Desde Ecuador y antes del viaje escribi varios correos para llegar a un acuerdo de intercambio de conocimientos o voluntariado en la reserva. (Como ya sabrán asi estamos viajando y desubriendo nuevas experiencias en el camimo) pero solo fueron respuestas negativas. Estando in-situ intentamos nuevamente entrar a la reserva, pero no pudimos lograrlo ya que solo se puede visitar con reserva. Les dejo a ustedes que investigen lo prohibitivo de visitar estas instalaciones por su altisimo precio.

Me da mucha rabia que la observacion de aves sea manejada de forma elitista por el grosor de la billetera. Cuando la conservación es administrada por organizaciones que + que protección buscan pagar sueldos millonarios de CEO’s que viven en PH de Neva York, no tiene sentido donar ni una gota de sudor. Por favor no me mal entiendan, esta es solo una observación general y no estoy apuntando a nadie. No conozco el modelo de negocio de esta reserva. Esto no es nada más que una de mis filosofadas.

En Colombia la observación de aves esta creciendo mucho y es una oportunidad para aplicar herramientas de conservacion como la administración y educación ambiental. En verdad fue mucho mejor no visitar El Dorado, quien sabe si no conocíamos a Moncho.

Moncho es un trabajador de las antenas de repetición de varios medios de comunicación que estan instaladas en la cima de la cuchilla. En su humilde casa, a + de cuidar moras y gallinas criollas, tiene cuartitos para recibir turistas, y un epacio de camping. Ya teníamos donde hacer campamento y seguir explorando. Este spot es perfecto, tiene una vista privilegiada hacia la SN. No les cuento mas, les invito a que descubran la Sierra Nevada

Adoptados en Minca

Las ciudades se han convertido en un factor de incomodidad y de conflicto interno. Publicidad, publicidad, publicidad, basura, tráfico, contaminación, inseguridad, cemento, plástico, filas y más publicidad. Un ambiente consumista desechable en el que nos estamos comenzando a sentir como peces fuera del agua.

Sientiéndonos perdidos en Santa Marta, y entre discusiones sobre cual sería la mejor alternativa para llegar al retirado pueblo de Minca, terminamos para variar jalando dedo y sin el mejor ánimo. Era tarde y la esperanza de no tener que pagar un mototaxi se desvanecía con cada minuto. Faltaba poco para que oscureciera cuando un jeep Wrangler Nevado último modelo se estacionó. Iván y Vladi, dos colombianos que en busca de tranquilidad llevaron su vida a Minca, nos ayudaron a acomodar nuestras maletas y cuerpitos.

El universo conspiró para que jalemos dedo en ese lugar y a esa hora, lo supimos cuando al poco tiempo de conversar sentimos una gran conexión en cuanto a nuestras filosofías de vida y proyectos. No nos sorprendió que Vladi nos ofreciera el patio de su casa para acampar a cambio de nuestras habilidades profesionales en rastrilleo. Quién diría que 3 noches más tarde estaríamos festejando Navidad con nuestros nuevos amigos y sus bellas familias.

La estadía en casa de Vladi fue un respiro, sobretodo considerando que las bajas temperaturas de los buses me habían producido un feo dolor de garganta. Mimados nuevamente y felices de estar en el calor de un hogar en las festividades, disfrutamos de largas conversaciones, rica comida y hasta hicimos de baby sitters.

Minca resultó estar a la altura de su fama. Un pueblito “hiposo” esparcido en las faldas de la Sierra Nevada, lleno de un aire de espiritualidad, paz, seguridad, de gente de diferentes nacionalidades, de variados restaurantes con filosofías concientes y de un sin número actividades que realizar en sus ríos y bosques pristínos.

El 25, después de una deliciosa parrillada (con opcion vegana) nos despedimos de nuestros interesantes y generosos anfitriones para ir a acampar en el terreno de Vladi, acompañados por Logan, el perrito de la familia que decidió acompañarnos por la noche.

Desde el campamento nos deleitamos con el atardecer y amanecer, observando el caótico encanto de las ciudades, desde lejitos, como nos gusta.

Así terminó nuestra primera semana en Minca, una vez más demostrados por la vida de esa bondad inherente de los seres humanos, esa bondad que hace que recoger a dos extraños y llevarlos a tu casa no sea una locura, sino el comienzo de una gran amistad.

Taganga, caóticamente hermoso.

Asustados de los altos costos, de la apatía y frialdad con la que fuimos tratados por los anfitriones turísticos de Tayrona, salimos corriendo sin que el bosque nos dejara de maravillar en el camino de salida.

Intentando recuperarnos un poco del “derroche” jalamos dedo 3 veces hasta llegar al sector en donde podríamos agarrar un bus público con dirección a Taganga. Nuestro último conductor nos aconsejó evitar ciertas áreas, esconder objetos de valor y como siempre, no dar papaya.

Caminando hacia la parada de bus volvimos a recibir otra advertencia de parte de una señora, al parecer nuestras mochilas y sobre todo la naranja fosforescente mía no podían pasar desapercibidas. Tan preocupada estaba la señora que se aseguró de que un policía nos escoltara personalmente a través de las dos cuadras del barrio.

Finalmente llegamos al bus completitos. Ya más relajados, como siempre dirigidos tan solo por referencias de viajeros o intuición, nos sorprendió un colorido pueblo pescador escondido entre montañas y decorado por un hermoso atardecer.  Sus playas que aunque son consideradas parte del parque Tayrona, son un opuesto total en cuanto a la calma, pureza y aislamiento que pudimos encontrar en la mayoría del parque. Cada lugar tiene lo suyo, y Taganga es un rincón del mundo con una geografía y paisaje único, lamentablemente su particular belleza se ve nublada por el desorden e inseguridad característicos de pueblos que han crecido abrupta y anárquicamente debido al turismo y al comercio.

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Jhonny, uno de los tantos bogotanos que se nos cruzaron en el viaje en busca de una vida más tranquila y de “pueblo”, nos abordó el instante en que nos bajamos del bus, (una vez más nuestras fachas nos delataron) ofreciéndonos un cuarto en su casa que alquilaba exclusivamente a viajeros. Por 10,000 COP (3$) por los dos, era una ganga total. Aceptamos sin vacilar.

La casa de Jhonny quedaba a 10 minutos del pueblo, una casita de lo más sencilla, con un pintoresco patio y un cuarto en proceso para viajeros (lo delataban los grafitis y juguetes de malabarismo). Cansados del viaje, nos acomodamos en nuestras hamacas y nos deseamos una buena noche… Un hueco en el estómago y dolor punzante de cadera me levantó al par de horas… el coordino de mi hamaca se había roto. Por suerte en este caso lo barato no nos salió caro.

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A la mañana siguiente decidimos continuar nuestro viaje y no sin antes realizar la caminata hacia playa grande y disfrutar de su mar-piscina paradisiaco. En el trayecto, descubrimos que muchos de los rumores de delincuencia eran influidos por los propios lancheros de Taganga, esperando que turistas con el fin de prevenir un atraco en la caminata, contrataran sus servicios.

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Nos fuimos nuevamente con un sabor agridulce, pero satisfechos de darnos la oportunidad de conocer nuevos lugares y obtener nuestras propias conclusiones sin dejarnos intimidar por los rumores.

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