Día de Muertos, día de muerte

Ir en contra corriente se ha convertido en nuestra receta más exitosa. Turismo masivo, filas, tráfico? No corremos…huimos en dirección contraria! sin embargo, estábamos en Día de Muertos, en el lugar más celebrado en México, a pocos minutos de donde se inspiró (o como nos quisieron vender en un tour, en donde se filmó la famosa película de Coco). Queríamos vivirlo al máximo! No queríamos perdernos nada, así que basándonos en la información proporcionada por amables locales, decidimos empezar nuestra noche con lo más apetecido por los turistas, Janitzio. Nuestro plan: adelantarnos a la masa humana que sabíamos invadiría la isla, y así tener tiempo de visitar los pueblitos aledaños conocidos también por su encantadora celebración.

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Con Rose, salimos temprano de la casa de Fany. Pintamos nuestras caras de catrinas mientras disfrutamos de un pan de muerto en Terra Mona. Ya listos para camuflarnos entre calaveras y con mucha emoción de presenciar uno de los actos culturales más pintorescos del mundo, nos dirigimos hacia la Fuente de las Tarascas en donde inició el desfile de catrinas. Cientos de hombres, mujeres, y niños de todas las edades, con caras decoradas con pintura, escarcha, plumas y luciendo vestimentas coloniales, llenaron la famosa Avenida Madero con un aire surreal de alegría,  tristeza, creatividad y belleza. Nos fundimos entre la multitud, y buscamos el primer taxi en dirección a Pátzcuaro, pueblito mágico de donde saldría el bote a la famosa isla y cuyo recorrido pospusimos para nuestro regreso.

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Empezamos a sentir la ola de gente, que como nosotros, se sintió atraída por esta bella tradición. En un tramo que normalmente se harían 20 minutos, hicimos más de 1 hora y media por el tráfico. Ansiosos por llegar temprano, corrimos al muelle, en donde ya empezamos a ver que no éramos los únicos con la “brillante idea” de llegar temprano a la Isla.

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Comprar el boleto nos tomó casi una hora. La fila para llegar a la embarcación nos tomó  otra hora más. Por fin se empezó a mover el bote. Ya era de noche y hacía mucho frío. La gente empezaba a tomar. A lo lejos veíamos una pequeña isla llena de luces y con la escultura de un hombre en su tope (luego nos enteramos que era José María Morelos, héroe de la Independencia Mexicana). Al fin llegamos. La pequeña isla de estrechos callejones había ya sido invadida por miles de turistas de México y del mundo. La entrada al Panteón, lugar sagrado en donde los purépechas visitaban y rendían homenaje a sus difuntos, era una masacre. Ver las tumbas pisoteadas por un gentío inconsciente, embrutecido por el alcohol y en busca de una selfie, nos llenó de tristeza y compasión por los locales, que aunque necesitaban el ingreso extra que llegaba gracias a los turistas, experimentaban una invasión irrespetuosa a su cultura, tradición y difuntos. No aguantamos ser parte de esta espantosa avalancha que destruía por completo la bella y admirable tradición que nos había atraído a ese lugar. Tomé una foto intentando capturar este momento tan triste, y esperando crear conciencia para los que quieran visitar Janitzio el próximo Día de Muertos.

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Claustrofóbicos y con el ánimo en el piso, Rose decidió llevarnos a la tienda de Don Juan, un local que había conocido el día anterior. Haciendo honor al calor mexicano, nos recibió con un delicioso y calientito ponche de frutas, que ayudó a recuperar nuestro ánimo y calor corporal. Agradecimos tener una experiencia auténtica y decidimos continuar con nuestro ya totalmente atrasado itinerario. Eran las 12 de la noche y aún teníamos todo por recorrer. Regresamos al muelle. Los ánimos que habían regresado a su lugar, se volvieron a caer. Una fila interminable nos separaba de los próximos botes. Con sueño, con frío, con destellos de humor por lo irónico de la situación, sintiendo la tensión de la masa, pasamos más de 3 horas esperando que llegara nuestro turno. Por fin, nos subimos al bote, no sin que nos gritarán colados y abusivos (para que vean como estaba el ambiente). Nos alejamos viendo como la isla llena de luces a la que llegamos con tanta ilusión, lentamente desaparecía en la oscuridad.

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Llegamos al muelle, eran ya las 3 de la mañana, la mayoría de gente estaba borracha, no sabíamos cómo podríamos ir al siguiente pueblito de nuestra lista, o si es que aún queríamos arriesgarnos a ir… la verdad ya no teníamos energía para más gente ni filas. Un bus que decía Morelia fue nuestra señal de regresar. A las 4am nos dejó en una gasolinera relativamente cerca de nuestra casa. La ciudad había colapsado por la masiva llegada de turistas. No habían taxis, ni ubers, ni nada, y los que llegaban se veían asaltados por los que nos quedamos varados en la gasolinera. Tuvo que pasar una hora más hasta al fin poder subir en un taxi que nos llevara de vuelta a casa, a quitarnos el maquillaje de calavera chorreado, a por fin poder cerrar los ojos y esperar al menos poder soñar con bellos panteones llenos de flores, luces, frutas, calaveritas de colores, y purépechas cantando, comiendo y compartiendo con sus queridos difuntos en paz.

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