Hasta que por fin, EPI

El 18 de febrero teníamos que llegar a la inducción para la temporada de EPI, la que se llevaría a cabo en su campus en San Rafael de Heredia. Por dicha, como dirían los ticos, el camino nos ha preparado para ser precavidos y no confiar ni en las carreteras ni en los buses. Salimos el 16.

De Cahuita a San José hay alrededor de 200km, un viaje que debería tomar, según google maps, hasta 4h30. Nosotros, para variar, hicimos 12. A los pocos minutos de dejar la estación nos encontramos con la vía cerrada debido a una manifestación convocada por la guardería de la zona que exigía al gobierno mejoras en su infraestructura. Nunca habíamos valorado tanto los asientos con reclinador, que por alguna extraña razón no funcionan en ningún bus de Costa Rica.

Nos quedamos varados en medio de una vía principal en donde no había acceso a baños ni a comida. A las 3 horas tuvimos que recurrir a las sobras que quedaban en nuestra lonchera, lo que dio como resultado avena cruda en agua de piña con panela, la que debido a su escacez, fue apostada en una reñida partida de 40.

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A las 5 horas se movió el bus, no acabábamos de cantar victoria cuando un derrumbe cruzando en Parque Nacional Braulio Carrillo nos detuvo por un par de horas más. Llegamos a las 10 de la noche, y aún debíamos tomar 2 buses más hacia San Rafael. Obvio, ya no había servicio de transporte a esas altas horas, así que no tuvimos otra opción que darnos un lujo que no nos habíamos dado en mucho tiempo.

Ya dentro del taxi le dimos a nuestro chofer las características direcciones que nos habían proporcionado: 2 cuadras después de la Iglesia, enseguida del restaurante a la derecha, después de la subida el portón negro a mano izquierda. No sé cómo llegamos, ni como logramos ver en la noche el minúsculo letrero negro con letras amarillas que decía EPI.

Timbramos 1,2,3 veces… nada. El taxi no nos esperó más. Haciendo a un lado nuestra vergüenza volvimos a timbrar. Nada. Aún con nuestras fachas caribeñas, nos congelábamos en una noche fría que nos tomó por sorpresa. Pasó un patrullero que vio nuestra situación como sospechosa. Después de contarle nuestra historia, nos ayudó poniendo la sirena de la patrulla y pegando un par de pitazos. Nada.

Después de una hora y sin efectivo en nuestros bolsillos estábamos a punto de armar campamento en plena vereda, cuando el penetrante frío y el extenuante cansancio ganó a mi consideración por el sueño de quienes se encontraban calientitos en el campus. Timbre no menos de 50 veces… Por fin! Una voz somnolienta con acento español contestó, era Sergio un pobre asistente que había llegado ese mismo día y que no tenía idea como abrir la puerta. Pasaron 30 minutos más hasta que por fin pudimos ingresar al hermoso, amplio, cómodo, limpio y sobre todo calientito campus de Epi, en donde no sé si fue por el agotamiento que sentíamos, pero desde que cruzamos el portón, sentimos que todas las desiciones y contratiempos nos habían llevado a ese momento.

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EPI es una organización dedicada a la educación ecológica a través de programas experienciales de biología en diferentes partes del mundo. Nuestro contacto inicial con la organización fue a través de Andrés quién trabajó los últimos dos años en EPI Ecuador. Fue en nuestro país, antes de empezar el viaje que, viendo la pasión que tenía Andrés por su trabajo, y por la calidez y admiración con la que hablaba de la organización y sus colegas, que supe que EPI era especial, y que yo también quería ser parte de tan inspiradora experiencia.

El campus era el punto de encuentro para asistentes de campo, instructores y para mí como la única voluntaria, caso especial que se dió para que Andrés pudiera ser uno de los instructores para la temporada 2018. Entre charlas, talleres y mi apoyo en el departamento de comunicación, se comenzó a romper el hielo entre el staff y los nuevos integrantes de temporada.

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Este año, EPI adoptaba un nuevo reto, la administración de la Reserva Pacuare, reserva cuyo principal objetivo es la protección de uno de los dinosaurios marinos remanentes en esta Tierra, la tortuga Baula. Es aquí en donde después de varios meses de no habernos separado, Andrés y yo tomaríamos caminos diferentes. Andrés como instructor, debería entrar y salir de la Reserva, dependiendo de sus grupos, y yo como voluntaria estaría fija en Reserva Pacuare. Una isla de 800 hectáreas de selva protegida bañada por 6km de playa abandonada a la esperada de la llegada de las primeras tortugas Baula.

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