Caribe tico a nuestro estilo

Sin Saber que el Caribe tico sería nuestro próximo hogar, la primera visita fue prácticamente de pasada. No lo van a creer, pero como ya es casi costumbre (o ley) para nosotros, llegamos un viernes en la tarde – noche y en medio de la temporada alta a uno de los Lonely Planet top 5 de Costa Rica. Nuestra llegada otra vez fue un duro shock, especialmente porque veníamos de unos deliciosas semanas a todo relax en nuestro entrañable  Boquete.

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Al más estilo de Montañita caribeño, Puerto Viejo es un pueblo hípster, destartalado, polvoriento, y sin mayor encanto más allá de lo cosmopolita que se ha hecho por su reputación de fiesta y farra, donde se encuentra numerosos bares, restaurantes, y discos. Existe una exuberante oferta de hoteles, hostales, lodges, resorts con dueños de todo lados del mundo y con precios desorbitantes.

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En Puerto Viejo no hay mucho que hacer durante el día , las playas del pueblo no son las más apetecibles. Lo mejor es aprovechar y salir a explorar los alrededores y volver para el ambiente  nocturno. Que mejor manera que moverse en bicicleta para tener toda la independencia y frescura para investigar las distintas playas vecinas a nuestro estilo. Esta ocasión fue especial, ya que encontramos la bici ideal. Era la primera vez en una bici tándem para los 2. Después de un previo chequeo, ajuste de tuercas y cables y un justo regateo estábamos embarcados hacia el Caribe Sur.

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Entre Puerto Viejo y el Parque Nacional Manzanillo hay 12 Km de pavimento conectando las mejores playas del Caribe Sur y bajo la sombra de los remanentes de bosques tropicales.  Fue un viaje exótico. Mientras agarrábamos ritmo y equilibrio el sol nos bronceaba y la sal en la cara pedía agua de coco. No pudimos avanzar mucho porque enseguida nos topamos con varias playas hermosas, pero en temporada estaban infestadas. Merecía la pena continuar y encontrar nuestro parchecito en otro sitio. Fue la mejor decisión ya que el camino nos regaló, sin bajarnos de la bici, congos, monos araña, tucanes y perezosos en posiciones tipo nija. Llegamos a Manzanillo, una mini aldea anclada en el Caribe donde dejamos la tándem por un rato para continuar dentro del Refugio de vida silvestre Gandoca – Manzanillo, que vale la pena una visita exclusiva para llegar hasta Punta Mona.

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De vuelta a Puerto Viejo aprovechamos su oferta gastronómica, y nos derretimos con amplios menús vegetarianos y veganos. Lo más curioso fue encontrar un restaurante vegano, con deliciosa (pero carísima) comida y repostería; pero en el mismo edificio de una carnicería. Las barrigas estaban tan contentas que las quejas y llantos de la billetera pasaron a segundo plano.

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Puerto Viejo en temporada es definitivamente no nuestro estilo, salimos hacia Cahuita. Menos de 1000 Colones y una fila de turistas de todo el mundo te suben al bus que conecta, después de parar en cada esquina, con la Afro – Cahuita. Con la entrada principal a otro Parque Nacional a solo 2 cuadras del centro del pueblo, y un ambiente completamente local y carismático nos sentíamos más identificados y decidimos pasar un par de noches más.

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Con la pinta de viajeros es imposible parar a la gente de acercase y querer ofrecer servicios. Con tantas experiencias difíciles al respecto en Colombia cuando alguien se acerca ya estamos con las antenitas de vinil sintonizadas. En Costa Rica la Pura Vida y el deseo genuino de ayudarte es natural. Un rasta al más estilo caribeño nos direcciono hacia el “Grande”, otro rasta que tiene un genial espacio para acampar.

En Cahuita se respira un ambiente afro-caribeño, la gente es amable, el reggae es lo más normal, el tráfico es de bicicletas y el domino el pasatiempos oficial.  El pueblo es pequeño, casas de madera, tiendas y pulperías. Hay varias playas alrededor, pero la playa que te da la bienvenida al Parque Nacional ya es el abre bocas de las playas que vendrán a continuación. Un aporte voluntario ayuda para la administración del Parque y sus guarda – parques que son todos de la comunidad.

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Existe la opción de caminar por la playa, o recorrer el sendero que va paralelo y dentro del bosque. Eran las 06:30 de la mañana y ya empezamos a ver perezosos y monos. Sin ningún afán más que Pura Vida disfrutamos de un día de playa inigualable. Coatis, mapaches, aves, ardillas y muchas hormigas eran nuestros amigos en el recorrido, y para darle más emoción al relato, les cuento unos hostiles capuchinos interrumpieron nuestro picnic, y al mejor estilo guerrillero se robaron nuestra fruta.

A diferencia del ritmo libre de nuestro viaje, esta vez teníamos fecha de llegada a San José. Un viaje de 4 horas que para variar se convirtieron en 15. El camino nos ha hecho más precavidos, salimos un día antes.

 

 

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