¿De Colombia a Panamá? En el “limbo” (Parte 2)

Salimos de Colombia, llegamos a Puerto Obaldía, un pueblo de alrededor de 300 habitantes, sin autos ni carreteras, con 3 tiendas, 2 restaurantes, 1 cyber, 1 asentamiento militar y la oficina de migración.

Como nos habían advertido, los militares y los oficiales de migración al ver nuestra nacionalidad tomaron una actitud de lo más hostil. Al parecer los ecuatorianos tenemos mala reputación en la frontera panameña. Un poco nerviosos, iniciamos una conversación de lo más casual, no obstante el oficial a cargo se sintió irritado por tanta pregunta y amenazó con “regresarnos por donde vinimos”.

Molestos por la reacción, pero consientes de que teníamos todas las de perder, intentamos apacigüar la situación. Explicamos a los oficiales de la manera más educada sobre los percances que habíamos tenido saliendo de Colombia y la razón por la que no habíamos logrado obtener todo el dinero en efectivo, empatizaron con nuestra situación y nos permitieron entregarles una copia de nuestro estado de cuenta para comprobar de esta manera nuestra fluidez económica.

Debido a la velocidad de internet y la calidad de los equipos, nos tomó 5 horas desde las 11am que salimos de migración hasta las 4pm que regresamos con las copias, adquirir los documentos exigidos por migración panameña. Finalmente, 5 minutos antes de que cierre la oficina, sellaron nuestro pasaporte.

A las 5 de la tarde no había forma de salir para Cartí, el siguiente pueblo después del Tapón del Darién en donde se puede encontrar una vía con conexión a Ciudad de Panamá. Con el efectivo contado para realizar el cruce, tuvimos que buscar la opción más económica para pasar la noche.

Puerto Obaldía, actúa como una especie de “limbo” para los viajeros que quieren cruzar de Colombia a Panamá. Si tienes pasaporte del “1er mundo” o si vas en un tour organizado que no encuentras por menos de 500$, el trámite en migración no representa ningún problema. Sin embargo si vienes independientemente desde Sur América puede ser realmente un dolor de cabeza, y te puedes ver atrapado en Puerto Obaldía, indeterminadamente esperando sin seguridad alguna el sello de ingreso.

Así fue como conocimos a Charlie, un ingeniero en sistemas colombiano que estaba acampando ya más de dos semanas, a lado de la cancha de fútbol del pueblo, esperando una respuesta a su solicitud como refugiado; a Alex, u estudiante de sicología argentino que había dejado su moto en la embarcación “La Juliana” con un adelanto de 400$, sin tener una factura o un papel que comprobara su transacción, su única garantía era que el Capitán “Pimpi” le había dicho que tenía que pasar por Puerto Obaldía (ya iba 2 días tarde); a Carlos, el chef, a quién no le querían sellar (y no le sellaron) el pasaporte por no tener comprado el ticket de retorno.

Así de repente formamos parte de la comunidad “El Limbo” de Puerto Obaldía. Armamos nuestra carpa, prendimos fuego y preparamos la cena entre todos. Esa noche reflexionamos sobre los conceptos de bandera, de fronteras, de país. Conceptos imaginarios creados por el ser humano, originarios de divisiones, de guerra, de racismo. Esa noche no nos sentimos identificados por nuestro país, nos sentimos conectados por nuestra condición de humanos, de seres vivos con sueños, problemas, alegrías y tristezas.

A la mañana siguiente desarmamos campamento y nos instalamos en el muelle con la esperanza de encontrar tres integrantes más para que un bote se digne en llevarnos hacia Cartí. Al par de horas, como pedidos por catálogo, llegaron dos Journey Man, a quienes ya habíamos conocido en Capurganá. Nos faltaba uno. De repente y para cerrar con broche de oro llegó Dame, un guía de turismo Norteamericano de origen Senegalí, quien iba ya más de tres días esperando por un avión o lancha.

Una vez que unimos fuerzas empezaron a llover las ofertas. Finalmente decidimos salir con Ricardo, un indígena Kuna, quien nos ofreció pasar una noche en su comunidad Anachukuna, y salir a la madrugada siguiente hacia Cartí. Nos despedimos con pesar de no saber cual sería el desenlace de los miembros de nuestra pequeña comunidad, sin embargo al alejarnos de Puerto Obaldía, vimos como se acercaba una pequeña embarcación a su costa, su nombre era “Juliana”.

En cualquier lugar habríamos llamado la atención por ser un grupo tan fuera de lo común, pero en Anachukuna, un asentamiento Kuna, en el que muy pocos integrantes hablan español y que aún no esta abierto al turismo, fuimos todo un escándalo. Ojos curios, risas nerviosas y murmullos nos seguían a cada paso. No fue hasta que Andrés sacó su frisbee, que los niños perdieron el miedo y la vergüenza, y de repente no podíamos escapar de 30 niños que nos siguieron por toda la tarde con una energía incansable. Disfrutamos de una tarde llena de risas, juegos y mar… Quién diría que en Anachucuna encontraríamos la playa paradisíaca que tanto habíamos esperado.

Teníamos la intención de acampar, pero con el aire hospitalario que identifica a las comunidades, Ricardo nos acomodó en la casa de una familia que nos abrió sus puertas. Fue todo un privilegio convivir con una familia por una noche, es un honor que muy pocos turistas podrían experimentar. Agradecidos por la oportunidad, compartimos una cena con nuestra familia adoptiva, en la cual probamos el mejor coco de nuestra vida.

La Panamericana se ve abruptamente interrumpida por el Tapón del Darién, una selva densa, llena de peligros humanos y naturales que separa a Colombia de Panamá. Es a través de este arriesgado trayecto que personas en busca de un mejor futuro se aventuran por 10 días con el objetivo de entrar a Panamá ilegalmente. Un grupo de hermanos cubanos, ecuatorianos y africanos fueron abandonados por su “guía” en medio del trayecto. Luchando por sus vidas y guiados por su instinto lograron llegar a Anachucuna. Que dolor , que impotencia ver a seres bondadosos, trabajadores, con sueños, arriesgando sus vidas por líneas imaginarias que nos separan y nos atan a espacios llenos de injusticia y sufrimiento. Que difícil seguir nuestro des complicado camino…¿con qué cara despedirnos?

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