Adoptados en Minca

Las ciudades se han convertido en un factor de incomodidad y de conflicto interno. Publicidad, publicidad, publicidad, basura, tráfico, contaminación, inseguridad, cemento, plástico, filas y más publicidad. Un ambiente consumista desechable en el que nos estamos comenzando a sentir como peces fuera del agua.

Sientiéndonos perdidos en Santa Marta, y entre discusiones sobre cual sería la mejor alternativa para llegar al retirado pueblo de Minca, terminamos para variar jalando dedo y sin el mejor ánimo. Era tarde y la esperanza de no tener que pagar un mototaxi se desvanecía con cada minuto. Faltaba poco para que oscureciera cuando un jeep Wrangler Nevado último modelo se estacionó. Iván y Vladi, dos colombianos que en busca de tranquilidad llevaron su vida a Minca, nos ayudaron a acomodar nuestras maletas y cuerpitos.

El universo conspiró para que jalemos dedo en ese lugar y a esa hora, lo supimos cuando al poco tiempo de conversar sentimos una gran conexión en cuanto a nuestras filosofías de vida y proyectos. No nos sorprendió que Vladi nos ofreciera el patio de su casa para acampar a cambio de nuestras habilidades profesionales en rastrilleo. Quién diría que 3 noches más tarde estaríamos festejando Navidad con nuestros nuevos amigos y sus bellas familias.

La estadía en casa de Vladi fue un respiro, sobretodo considerando que las bajas temperaturas de los buses me habían producido un feo dolor de garganta. Mimados nuevamente y felices de estar en el calor de un hogar en las festividades, disfrutamos de largas conversaciones, rica comida y hasta hicimos de baby sitters.

Minca resultó estar a la altura de su fama. Un pueblito “hiposo” esparcido en las faldas de la Sierra Nevada, lleno de un aire de espiritualidad, paz, seguridad, de gente de diferentes nacionalidades, de variados restaurantes con filosofías concientes y de un sin número actividades que realizar en sus ríos y bosques pristínos.

El 25, después de una deliciosa parrillada (con opcion vegana) nos despedimos de nuestros interesantes y generosos anfitriones para ir a acampar en el terreno de Vladi, acompañados por Logan, el perrito de la familia que decidió acompañarnos por la noche.

Desde el campamento nos deleitamos con el atardecer y amanecer, observando el caótico encanto de las ciudades, desde lejitos, como nos gusta.

Así terminó nuestra primera semana en Minca, una vez más demostrados por la vida de esa bondad inherente de los seres humanos, esa bondad que hace que recoger a dos extraños y llevarlos a tu casa no sea una locura, sino el comienzo de una gran amistad.

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