Taganga, caóticamente hermoso.

Asustados de los altos costos, de la apatía y frialdad con la que fuimos tratados por los anfitriones turísticos de Tayrona, salimos corriendo sin que el bosque nos dejara de maravillar en el camino de salida.

Intentando recuperarnos un poco del “derroche” jalamos dedo 3 veces hasta llegar al sector en donde podríamos agarrar un bus público con dirección a Taganga. Nuestro último conductor nos aconsejó evitar ciertas áreas, esconder objetos de valor y como siempre, no dar papaya.

Caminando hacia la parada de bus volvimos a recibir otra advertencia de parte de una señora, al parecer nuestras mochilas y sobre todo la naranja fosforescente mía no podían pasar desapercibidas. Tan preocupada estaba la señora que se aseguró de que un policía nos escoltara personalmente a través de las dos cuadras del barrio.

Finalmente llegamos al bus completitos. Ya más relajados, como siempre dirigidos tan solo por referencias de viajeros o intuición, nos sorprendió un colorido pueblo pescador escondido entre montañas y decorado por un hermoso atardecer.  Sus playas que aunque son consideradas parte del parque Tayrona, son un opuesto total en cuanto a la calma, pureza y aislamiento que pudimos encontrar en la mayoría del parque. Cada lugar tiene lo suyo, y Taganga es un rincón del mundo con una geografía y paisaje único, lamentablemente su particular belleza se ve nublada por el desorden e inseguridad característicos de pueblos que han crecido abrupta y anárquicamente debido al turismo y al comercio.

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Jhonny, uno de los tantos bogotanos que se nos cruzaron en el viaje en busca de una vida más tranquila y de “pueblo”, nos abordó el instante en que nos bajamos del bus, (una vez más nuestras fachas nos delataron) ofreciéndonos un cuarto en su casa que alquilaba exclusivamente a viajeros. Por 10,000 COP (3$) por los dos, era una ganga total. Aceptamos sin vacilar.

La casa de Jhonny quedaba a 10 minutos del pueblo, una casita de lo más sencilla, con un pintoresco patio y un cuarto en proceso para viajeros (lo delataban los grafitis y juguetes de malabarismo). Cansados del viaje, nos acomodamos en nuestras hamacas y nos deseamos una buena noche… Un hueco en el estómago y dolor punzante de cadera me levantó al par de horas… el coordino de mi hamaca se había roto. Por suerte en este caso lo barato no nos salió caro.

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A la mañana siguiente decidimos continuar nuestro viaje y no sin antes realizar la caminata hacia playa grande y disfrutar de su mar-piscina paradisiaco. En el trayecto, descubrimos que muchos de los rumores de delincuencia eran influidos por los propios lancheros de Taganga, esperando que turistas con el fin de prevenir un atraco en la caminata, contrataran sus servicios.

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Nos fuimos nuevamente con un sabor agridulce, pero satisfechos de darnos la oportunidad de conocer nuevos lugares y obtener nuestras propias conclusiones sin dejarnos intimidar por los rumores.

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