PAWAY, un destello de esperanza

LA LLEGADA

El Viernes 13, día que osadamente elegimos para aventurarnos por la sinuosa carretera conocida por el nombre de “El Trampolín de la Muerte”, llegamos a Mocoa. Un par de días antes nos habíamos contactado con Mildred, la fundadora de Paway, quién nos ofreció hospedaje y alimentación a cambio de nuestro trabajo como voluntarios. Considerando nuestro reducido presupuesto y la gran oportunidad de aprender de la reserva, aceptamos con mucha emoción y ganas de aportar con nuestro granito de arena.

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Nos dirigimos hacia el puente del Río Pepino en donde comienza un hermoso sendero que colinda con el río y que te lleva hacia la Reserva. Después de caminar unos 15 minutos llegamos a la última pendiente que con mi “maletita” se me hizo todo un desafío. El esfuerzo valió la pena al ver el letrero que decía “Bienvenidos a Paway” y ser recibidos por Selva, Martel y Dayamo, 3 perritos que serían nuestros fieles compañeros durante nuestra estadía.

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Mildred, Iván y Doña Tránsito, nos dieron una cálida bienvenida logrando que nos sintamos en casa desde el primer momento. Después de contarnos un poco de la historia y misión de Paway, nos acomodaron en la cabaña del tronco, la que estaba decorada por atractivas pinturas inspiradas en la flora, fauna y cosmovisión de Paway. Así nos preparamos para empezar nuestras dos semanas de voluntariado.

 

PEQUEÑO TROPIEZO

La reserva, un parchecito de bosque protector tiene una energía revitalizadora y sanadora. Energía que me llamó a levantarme temprano a trotar por el sendero e iniciar lo que planeaba sería una rutina más activa. Mis pasos eran muy torpes, acostumbrada a una vida totalmente citadina, me di cuenta como algo que es tan normal para gente que crece en el campo para mí era toda una aventura. En un paso de lo más sencillo, en mi impericia, pise una piedra llena de líquenes que habían crecido por la humedad. Me resbalé en cámara lenta, apoyé mis manos que siguieron el mismo camino que mis pies y me fui de cara contra la raíz de un árbol. Me quedé viendo doble por un momento. Cuando pasó el impacto y pensé que lo peor ya había terminado… sentí sangre cayendo por mi rostro. Si hubiera estado acompañada, probablemente habría reaccionado de una manera diferente, pero al estar sola en el medio del bosque y saber que mi única opción era regresar… el modo supervivencia se activo, me llene de valentía y comencé a caminar tapándome la herida y solo con la un objetivo en mente: Regresar a Paway. Martel, quién me había acompañado, entendió perfectamente la situación, corría hacia la reserva, ladraba ruidosamente y regresaba a buscarme (Es realmente impresionante la sensibilidad e inteligencia de nuestros amigos de 4 patas). Al llegar a Paway, Andrés quién se acababa de recertificar en el WAFA (Wilderness Adventure First Aid) reaccionó muy profesionalmente y después de limpiar mi herida decidió llevarme al hospital en Mocoa. Fueron 6 puntos. Para los que me conocen saben la fobia que tengo a las agujas… y como la soledad ya no era un factor, toda la valentía que había brotado en mí desapareció.… ya se imaginarán…. Ahora que ya pasó solo agradezco como fue. Es por sentimientos de dolor, de frío, de hambre que podemos valorar realmente a sus opuestos. Hoy me siento más viva, más sana y más activa que antes. Hoy, dos semanas después a punta de sábila y cúrcuma la herida prácticamente ha desaparecido, pero las ganas de pasear por el bosque perdurarán por siempre.

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LA RESERVA

Paway es una reserva eco y socialmente responsable dedicada al ecoturismo. Promueve alternativas sustentables y sostenibles para el desarrollo del departamento de Putumayo y la región Amazónica. Presta servicios de interpretación y educación ambiental mediante recorridos guiados por senderos naturales dentro del bosque donde se puede realizar actividades de avistamiento de flora y fauna, e investigación con la zoo-crianza de mariposas. Es un ejemplo de buenas prácticas ambientales ya que la energía utilizada en la reserva es fotovoltaica, el agua es recogida de la lluvia y quebradas limpias, para luego ser sometidas a procesos de filtración y esterilización naturales y separación de desperdicios.

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Este admirable proyecto nació en medio de guerra, explotación y ganadería. Gracias a la visión de Mildred Ortiz, una emprendedora de Mocoa que ha apostado su vida por la conservación de su querido Putumayo y Colombia. Son por personas como Mildred y por proyectos como Paway que sabemos que aún hay esperanza para nuestra Amazonía. Proyectos que buscan el desarrollo de una visión amigable con el ambiente, la educación de las nuevas generaciones en torno al respeto por la naturaleza, al desarrollo humano como comunidad que defiende sus raíces y sus recursos y sobre todo el vivir en paz y armonía con los seres humanos y no humanos.

VOLUNTARIADO

Paway es un proyecto prometedor pero joven, aún está creciendo y evolucionando por lo que Andrés y yo estuvimos felices de poder colaborar en algunos aspectos. Desde la creación de un guión turístico hasta la elaboración de un mural para la Tienda de Paway, pudimos dejar nuestra semillita en este lugar al que llegamos a querer tanto.

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El ser voluntario es una experiencia muy gratificante. No estas esperando nada a cambio, estas brindando tus conocimientos y tiempo por un proyecto en el que crees y del que quieres ser parte.

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Para nosotros abrir la puerta de nuestra cabañita y ver a Uribe, Santos, Maduro, Chávez y Correa (los papagayos), desayunar las deliciosas arepas de Doña Tránsito, ir al río con Selva, Martel y Dayamo y tener la libertad de fotografiar mariposas y los alrededores de Paway con todos sus habitantes, era la mejor retribución que podíamos pedir.

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LA CEIBA

Desde el día que llegamos nos enamoramos de la Ceiba de Paway, en la cual, después de pedirle permiso y recibir su consentimiento, construyeron una casa de árbol que respetó por completo su estructura.

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Por nuestra despedida nos permitieron pasar nuestra última noche la Ceiba. Decidimos subir por sus 100 escaleras en forma de espiral antes del atardecer. Desde el balcón leímos poesías inspiradas en las culturas Inga y Kametsa mientras la selva oscurecía y comenzaba el concierto nocturno. A través de una polea Doña Tránsito nos envío una deliciosa cena para no interrumpir nuestra noche tan esperada. Fue una noche mágica… el primer día que sentí que estábamos en luna de miel.

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La noche fue larga, casi no dormimos…los sonidos de la selva a esa altura, combinados con el rugir del Río Pepino, era toda una sinfonía de diferentes tonos y melodías a todo volumen. Que poder de la selva, que insignificantes nos sentíamos dentro de ella.

Amanecimos con una tempestad cayendo ante nuestros ojos, calientitos desde nuestra cama nos regocijamos ante tan imponente momento, y esperamos a que ceda la lluvia.. para regresar a la realidad… bajar a tierra firme, despedirnos de nuestros nuevos amigos, coger nuestras mochilas y continuar nuestro camino.

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